Astenia primaveral II

Estás asomada a la ventana de la cocina abrazándote a ti misma y la luz dorada haciéndote brillar los ojos entrecerrados con un poquito de daño agradable. Aspiras los últimos resquicios de la tarde. Huele a lluvia y también a acera quemada porque acaban de caer jarros de agua del cielo. En un momento dado mientras mordías el boli te has dado cuenta de que la habitación se iluminaba y todo se volvía brillante y bonito como haciendo un último esfuerzo para traer el atardecer. Los pájaros lo entienden y cantan un poco, como llamándose los unos a los otros después de la tormenta, y piensas que si vivieses en el campo la tarde sería mucho más poética, que todo olería a tierra y no a vapor de cemento y los coches te dejarían escuchar mucho mejor a los pájaros antes de que se vayan a dormir. Te pones de puntillas y te das cuenta de que no hace frío en la calle pese a la lluvia, y que las casas se secarán a lo largo de la noche. También te das cuenta de que llevas todo el mes como la primavera, a veces diluviando y a veces luminosa, a intervalos separados por una línea tan fina como el canto de una hoja de papel. Y es que no paras de dar vueltas por la casa en pijama como un animal enjaulado, con el pelo revuelto y lleno de horquillas, recolectando hojas de apuntes por todas las habitaciones, asomándote a las ventanas a respirar como si fuesen espacios entre los barrotes. 

Cuando era pequeña, a veces encontraba una hoja de papel que no tenía ninguna importancia y la asociaba a ese día en el que... y eso me llevaba a... y así toda la casa llena de cachitos de sentimientos esparcidos, fragmentados. Acercarme a un determinado objeto podía cambiar mi estado de ánimo durante todo el día. Hoy sale el sol después de una lluvia torrencial y también me pasa algo. No sé lo que es, pero tengo que asomarme a la ventana y dejar que me envuelva para sentir que realmente existe, que no son imaginaciones mías, que hay un mecanismo que me provoca todo esto. Un día vino un señor a casa que era un sabio de feng shui y con un medallón blanco en la mano analizó la dirección de las corrientes de energía de todas las habitaciones. Mis padres tuvieron que darle la vuelta a su cama de matrimonio para ir en el mismo sentido que la corriente y dormir mejor. Yo estaba en el colegio pero mi padre me dijo que al llegar a mi cuarto, el señor del medallón se había hecho un lío. Dijo que se entrecruzaban demasiadas cosas y que era un caos, así que en la duda dejamos mis muebles donde estaban. Por suerte nunca he tenido problemas para dormir. Pensé que tal vez por eso considero mi habitación como un lugar de paso, por eso lanzo la ropa dentro y me voy. Pensé que tal vez ese lío de energías era por mi culpa, porque en esa época me sentía muy rara y pasaba del llanto a la risa en cuestión de segundos. Recuerdo que le dije a una de mis mejores amigas que me había tenido que salir de clase durante unos minutos solo para ir a llorar al baño por ninguna razón en especial. El resto del día fue uno de los mejores de mi vida, casi me hice pis encima de tanto reírme. Le pregunté a mi amiga con una sonrisa si eso nunca le había pasado a ella, lo de sentir unas ganas tremendas de explotar, porque en aquella época éramos tan pequeñas que casi todo nos había pasado a todas antes o después. Me dijo que no y se fue, y no volví a sacar el tema. Creo que sigo teniendo esas corrientes entrecruzadas que volvieron loco al señor del medallón y que aunque haya nacido en febrero soy más como esta primavera, que llueve y se ríe después.

Astenia primaveral



Vas al baño y te sacas el vestido por encima de la cabeza. No hay mejor sensación de limpieza que la de llevar la ropa interior conjuntada, blanca como de película antigua. Te miras en el espejo y la luz amarilla hace que te resbalen algunos mechones de pelo amarillo por la frente y los labios. Examinas los hombros huesudos, las hendiduras redondas de los codos de piel de gallina permanente, la sombra tabaco de las clavículas, la línea redonda del pecho de perfil. Todo está como emborronado pero el espejo está limpio. Je t'aime, mon amour, my love, si supiese alemán te lo diría en alemán y en chino mandarín y en todos los dialectos que han desaparecido ya y que nadie sabe pronunciar. Hay que trabajar. Tienes huellas de otros dedos por todo el cuerpo, que florecen y se extienden como las ondas en el agua al tirar piedrecitas. Te retiras el pelo de la cara con una horquilla. Hay que memorizar. No me acuerdo. No me acuerdo de nada. Hay que tragar. Je t'aime. Te desembarazas del sujetador, te vuelves a mirar, toda amarilla y pálida y verde y gris. Hay que trabajar. Te quiero pero volveré. Volveré y tú estarás ahí, blanca y miel y azul y verde y llorosa y risueña y cansada y con olor a flores y a jabón de manos. Ahora trabaja. Memoriza y déjate las uñas. Je t'aime, I love you, volveré. Volveré y tú estarás ahí, con el cuerpo lleno de huellas dactilares de otras personas. Sí. Y yo estaré aquí.

Puede que hoy duermas acompanado




Puede que hoy duermas acompañado. Puede que hoy duermas acompañado y que mientras yo me aprieto contra el nórdico tú tengas una voz dulce como la miel susurrándote palabras en un acento extraño al oído. Puede que hoy duermas acompañado y que mientras yo me pliego sobre mis rodillas unas piernas suaves se entrelacen con las tuyas por debajo de las sábanas y una mano caiga lacia sobre tu cintura. Puede que hoy duermas acompañado y que por un instante más largo de lo que te gustaría admitir, y que aun así sigue siendo solo un breve pinchacito en el pecho, te preguntes si estaré hecha un ovillo escuchando el cierzo aullar a través de la ventana. Puede que hoy duermas acompañado y que por un momento muy breve, y aun así más largo de lo que te gustaría admitir, te digas "¿y si...?" y puede que durante una milésima de segundo barajes la loca idea de llamarme para decir hola, para nada, para escucharme reír, para quedarnos callados. Puede que hoy duermas acompañado y que al notar cómo se mueve el cuerpo que respira pesadamente a tu lado te deshagas de todas estas ideas como quien espanta moscas molestas y entierres la nariz en su pelo y cierres los ojos y busques plácidamente las formas de su cuerpo para darte calor. Está bien. Todos los cuerpos son carne dulce y todos son igualmente cálidos. Todos se merecen ser besados y adorados. Adóralo y pégate a él, busca su calor al igual que yo busco el de mi propio cuerpo cada vez que me hundo sola en mi camita. Puede que hoy duermas acompañado y ya se te haya olvidado lo que es dormir solo. O puede que hoy duermas solo y tengas frío, y no seas capaz de imaginarme abrazada a mí misma bajo el nórdico con una sonrisa tranquila.

Escritura automatica desde un smartphone

Hay tardes calientes y pegajosas como el tabaco dulce de cachimba y como la ceniza que se te pegan en las manos y en el pelo y en la piel dorada del escote y que descienden como un río hacia abajo hacia la planta de los pies magullados de andar descalza sobre las plantas marchitas y los surtidores de agua que no funcionan y los frutos rojos venenosos que recoges uno a uno para que el perro no se los coma y los gorriones se posan en la mesa de piedra pidiendo más y más migas de pan para todos ellos para bandadas enteras para poder subir encima de las nubes y atravesarlas con el pico para fundirse arriba del todo y bajar en picado incandescentes como estrellas te piden pan incesantemente mientras tú te miras los pies que duelen y lloras y sabes que no tienes tanto ni puedes dárselo todo ni puedes impedirles que vuelen hasta arriba del todo pero en vez de eso les dices que vas a buscarlo y entras en la cocina dejando un rastro de lágrimas y de flores.

Cerveza dulce

Le digo a papá durante la comida que no soy como me imaginaba que sería a los veinte años, mientras devoramos pechugas de pollo al jerez y nos terminamos entre los dos medio litro de cerveza artesana que sabe dulce como un zumo de piña. Me escucha en silencio mientras yo intento hacerme entender, masticando muy rápido y bebiendo cerveza de un vaso pequeño, agitando la patata frita que sujeto entre los dedos. Le digo que me imaginaba que tendría las cosas más claras, que sabría más de todo, como cuando decides que ya terminarás un trabajo que tienes que hacer al día siguiente y te vas a dormir tranquilo. Yo me fui a dormir como una niña y me desperté como una niña, con el pelo más corto y los ojos más grandes. No le digo que me imaginaba más alta y más guapa, con las tetas más grandes, con más vestidos cortos, con el pelo más brillante, pisando más fuerte al andar por la calle. No le digo que me imaginaba con un vaso de licor en la mano en cualquier bar, mirando de reojo, sabiendo exactamente lo que tengo que hacer. Pero conforme hablo y bebo más cerveza dulce y mastico me doy cuenta de que hay cosas que sí que sé y que sé mirar de reojo y que tengo vestidos cortos y que me he ganado manos en la cintura al caminar delante de alguien. Y recuerdo las fotos de hace unos años, cuando vestía con ropa de chico y me tapaba la cara con el pelo porque no quería verme a mí misma y andaba por la vida como sobre una cuerda floja. Y me digo que al fin y al cabo, a base de gatear a ciegas por los golpes, he descubierto con las palmas de las manos exactamente dónde se encontraba la tierra firme y aunque aún no he aprendido a enfadarme sí que sé bucear mejor de lo que sabía. Recuerdo cuando tenía el corazón blandito como una almohada y recibía todo lo que viniese con los brazos abiertos y una sonrisa estúpida en la boca. Recuerdo cuando aún no sabía guiar la mano de nadie, ni gemir, cuando temblaba como una hoja, cuando no sabía coger trenes ni esconderme en habitaciones cerradas a cal y canto con solo una luz encendida y películas a medio acabar. Recuerdo cuando no tenía escudos para contrarrestar los golpes y todo importaba tanto. Recuerdo cuando no sabía beber café ni subrayar apuntes ni desearle la felicidad a quien me había hecho daño. Me recuerdo a mí misma, pobrecita, y me da ternura. Supongo que eso es un poco crecer también, aunque no sea más alta ni tenga las tetas más grandes.

A esas horas ya solo

Ella. A esas horas ya solo quedaba ella. Se lamió los dedos y se quedó dormida sobre la cama vacía. Angelito frío.

Azaleas

Hace ya varios meses que llueve, o al menos eso me parece a mí. Al volver hoy a casa apretando el abrigo contra el cuerpo y escondiendo el cuello a la llovizna helada he pasado al lado de una maceta de azaleas en la esquina de una floristería que se me ha antojado un cachorrillo abandonado bajo la lluvia. Así que después de mirarla un rato, he entrado y la he comprado. He llevado la maleta en brazos a casa con mucho cuidado y la he colocado en la mesa, y al mirarla desde la puerta me he sentido un poco mejor. Pero me ha dado pena apagar la luz y dejarla a oscuras. No sé, no estoy segura de si va a sobrevivir a mi habitación. Pero la necesitaba para tener una excusa para iluminar mi cuarto todos los días. Y ella me necesitaba a mí para librarse de la esquina de la calle y de la lluvia fría.