Estos días querría volver a París. Irme una mañana con cuatro cosas en una bolsa, leer en el aeropuerto alguna novela muy lejana. Alguna de Balzac o de Terenci Moix o de mis victorianas, que me enseñaron a sentir cuando aún no sabía. Coger el avión con una sonrisa tranquila. Esperar en la fila para subir las escaleras mientras el viento me agita el vestido. Dormir durante todo el vuelo. Coger un taxi desde Beauvais y perder la tarde entre las calles del centro. Encendería la música y respiraría muy fuerte y me dejaría sumergir en una tristeza tibia y soportable, pensaría que la ciudad sigue siendo igual de bonita, que eso no ha cambiado. Me acordaría del primer verano que la exploré y de lo feliz que había sido perdiéndome completamente sola entre sus calles, con el pelo más largo y el corazón más pequeño, con un mapa y un paraguas en el bolso, hablándoles en inglés a todos los camareros en los cafés. Redescubriría la ciudad, ni triste ni feliz. Serena. Curándome con los atardeceres que aquí no puedo conseguir. Con el aire que sopla en lo alto de Montmartre que la ventana de mi habitación me niega y que necesito tanto.  

Anatomia de las marisoplas.


Las mariposas, pertenecientes al orden de las lepidópteras, son como las libélulas pero más bonitas y tienen las alas dibujadas. Tienen ojos grandes y escamas en las alas que no se ven y no les sirven de nada porque cuando las coges entre dos dedos aunque lo hagas con mucho cariño se rompen igual. También tienen antenas que les sirven para conservar el equilibrio cuando vuelan pero a veces se rompen también porque son muy finas y entonces las mariposas se caen. Las mariposas nocturnas reposan sus alas en forma vertical y las diurnas en forma horizontal para que los rayos del sol les den bien. Se conocen unas dieciocho mil especies en todo el mundo. Las más grandes miden hasta veinticinco centímetros y viven en Melanesia. La mariposa más pequeña puede medir menos de uno. Las mariposas experimentan una metamorfosis que las lleva de ser larvas que dan asco a crisálidas, que son como edredones debajo de los que se refugian cuando no quieren salir, pero luego acaban saliendo con las alas ya formadas y se ponen a volar y se van. Por las señales que emiten con la antena derecha y los tics de sus alas en reposo, se sabe que a veces a las mariposas les gustaría volver de vuelta a la crisálida. Esto ocurre con mayor frecuencia en las mariposas nocturnas, porque las diurnas salen a tomar el sol y eso les sienta muy bien.

La fiesta.

Todo empezó cuando Dani dijo que sus padres se iban a pasar unos días a Cancún y le dejaban un fin de semana la casa toda para él, para desvirgar. Nosotros sabíamos perfectamente que, como para todos los padres, Cancún era sinónimo de pasar tres días encerrados a cal y canto en la habitación del hotel del centro, ese que tiene la figura de un caballero medieval encima de las letras del nombre, pero nos callamos porque somos buenos amigos y sabemos que al pobre Dani aún le queda mucho por vivir, y porque si sus padres se iban a follar fuera de casa sería por alguna buena razón. Así que un día al final de clase, cuando estaba metiendo las cosas en la mochila, se me acercó Elena y me dijo que iban a instalarse en su casa el viernes por la noche para hacer una pequeña fiesta, cenar y ver una peli. 

La puerta del piso estaba mal cerrada y entramos sin llamar. Como siempre, llegamos tarde y al aparecer todo el mundo se giró de golpe para clavar su vista en nosotras. El salón de Dani -un salón rectangular normal y corriente de clase media de esos con baldosas, con los DVDs cuidadosamente alineados en una estantería de cristal encima de la televisión, sofás color verde oscuro con mantas que huelen a viejo y cuadros que parece que alguien los haya estampado contra las paredes sin mirarlos antes- estaba envuelto en una humareda de cigarro tan densa que parecía que acabásemos de abrir la puerta de una chimenea. Había gente sentada en los sillones y por el suelo, pero ni rastro de pizzas ni de peli. Una sombra se levantó y avanzó agitando los brazos hacia nosotras para abrirse paso entre el humo. Era Dani, quien, no sabiendo qué decir, nos guió hacia una esquina de la habitación, donde nos sentamos en el suelo intentando que no se nos viesen las bragas. No conocíamos a la mitad de las personas así que no abrimos la boca. La gente fumaba y bebía ante la atenta mirada de Dani, que estaba cagado pensando en sus padres paseando por las playas de Cancún y esperando su casa intacta a la vuelta. Un chico me ofreció al rato una taza con dibujos de peras y manzanas llena de Martini. 

A lo largo de la tarde comenzó a venir cada vez más y más gente. Los vecinos de enfrente, alarmados por el humo que se había colado ya por las rendijas de su puerta, acudieron creyendo que había un incendio y luego ya que estaban se fumaron un porrito para calmarse. Amigos de amigos de gente exigían vasos de plástico, y alguien llenó de hielos el fregadero y la mitad de un cajón del dormitorio de Dani, y de paso se quedó con su caja de condones -que, seamos sinceros, nadie sabíamos para qué tenía-. Un chico con una camisa a cuadros se empeñó en poner Time to pretend con su Ipod, en consonancia con la originalidad del salón. Me levanté con la taza en la mano y la dejé encima de un montón de libros de Dani para ir a mear. Uno de ellos era El diario rojo de Carlota, y estaba marcado por un separador en la página donde se explicaba con dibujitos dónde se encuentra exactamente situado el clítoris. Él lo había redondeado con un rotulador rojo. En el baño había unos liándose en la bañera a duras penas. Volví para buscar a mi amiga, pero había desaparecido. Dani bailaba solo Boom boom de Rye Rye -que probablemente había puesto el mismo chico de la camisa a cuadros-, y no me escuchó gritarle por encima de la música y de la borrachera, así que me quité los tacones y se los tiré a la cabeza. Él se encogió de hombros preguntándome qué pasaba con una mueca, y yo le señalé con la cabeza la puerta. 

Salimos al rellano. Le dije que me iba, que me estaba mareando y que no encontraba a mi amiga y que además este vestido era demasiado corto y se me veían las bragas y encima había dos magreándose en el baño y no podía mear y que me iba. Me dijo que a él gustaba mi vestido, y que le gustaba que se me viesen las bragas. Me reí en su cara de su cara de niño, acordándome del dibujo del clítoris rodeado con un círculo rojo, de mano temblorosa, y le dije que para qué coño tenía una caja de condones si follaba menos que la madre Teresa. Y que me iba ya que se me hacía tarde. 

Al final vino la policía porque olía a maría desde el barrio de al lado, y se llevaron a todo el mundo y dejaron la casa como si unos ladrones la hubiesen atacado, le hubiesen prendido fuego y lo hubiesen intentado apagar con toneladas de hielo y vodka blanco con limonada del Mercadona. Los que estaban en la bañera rompieron la cortina y no pudieron esconderse, y también se los llevaron. Dani y yo volvimos cuando todo el mundo se había ido ya. Nos encontramos delante de la puerta de casa, que humeaba aún un poco con un hilillo negro como de calma tras la tempestad. El chico de la camisa de cuadros no había tenido tiempo de coger su Ipod y Jake Bugg sonaba muy bajito aún en los amplificadores, y había botellas rodando por el pasillo muy despacito, y charcos y hollín y cigarrillos apagados sobre los reposabrazos del sofá. Alguien se había cargado un jarrón y un cuadro. Todos los cajones de la casa estaban puestos boca abajo por el suelo. Un rastro de comida recorría en línea recta el pasillo. "Bueno, no ha estado mal la fiesta" dijo Dani, sonriendo con cara de estúpido a mi lado, con las bragas hechas un gurruño en la mano.


Lunes, 21:28.

El ansia de poseer de Ginebra no era física, en realidad. Era un deseo inexplicable, como el de un niño pequeño que empieza sentir impulsos que no sabe cómo explicar y que nunca sabrá como explicar, que quedarán enterrados debajo de montones de cosas más importantes, grandes como elefantes de tela. El ansia de poseer de Ginebra era un ansia porque quería poseer cosas imposeíbles. Quería poseer imágenes, sensaciones al vuelo, mordiscos al aire.

Esa chica sentada sobre su maleta en el suelo sucio del andén, un golpe de vista con una sonrisa dispersa entre las dos cascadas paralelas de pelo casi blanco a la luz de los focos, como una nómada con tacones. El niño de pelo rizado que había corrido verdaderamente esperanzado delante de su madre intentando alcanzar el autobús en el que se alejaba sin dejar de decir adiós con la mano la niñita a la que acababa de conocer hacía unas cuantas paradas. Las luces que se apagan al otro lado de la ventanilla del autobús cuando se aprieta la frente contra el cristal en un mareo de cansancio. La mirada del hombre con gafas en el paso de peatones a la mujer que caminaba con las manos en los bolsillos de los vaqueros. La declaración repentina de amor que un desconocido le había hecho una vez a Sabina en el metro de Barcelona. El chaval que leía solo en mitad del parque como un náufrago, la espalda apoyada en el tronco de un árbol raquítico.

Las farolas de la ciudad y el neón que perforaba la cabeza. Los labios de algún desconocido sin rostro deslizándose entre la multitud, las miles de caras que luego se le aparecían en sueños. Las casualidades que juraba recordar y que se le olvidaban en cuanto salía de la ducha. Esa sensación tan extraña de impertenencia al mirarse al espejo desnuda, de frente y de costado, cuando se miraba y se veía así como de golpe y sin avisar, y durante unas centésimas de segundo no sabía decir quién era la chica tan sorprendida y blanca que la miraba desde el otro lado y le daba como una especie de vértigo. A veces se sentía como una cámara dentro de una carcasa, como la prueba viviente de que la vida está demasiado bien planificada como para no ser el guión de una película muy superior.

Incluso a veces llegaba a sentir -y esto era de lo más perturbador- que ella misma era uno de esos suspiros que intentaba retener en su bote de cristal como si fuesen mariposas, y que no era más que eso. Una sombra que alguien había visto por la calle y de la que había imaginado una historia. Cuando pensaba en esas cosas le daba un vértigo muy grande y corría enseguida a meterse debajo del grifo de la ducha.

De heroes.


   
Qué harta estoy de los personajes demasiado completos. Cada día que pasa me gustan menos. Me refiero a los personajes curtidos, los personajes que siempre saben qué hay que hacer y que en las películas nadie entiende por qué hacen lo que hacen pero todos los admiramos y los entronizamos y queremos ser como ellos. Me refiero a estos personajes encarnados por prostitutas guerreras con un pasado oscuro y dos hijos a su cargo, de ojos oscuros y caninos de mamá leona, o de guerreros sin pistola a los que todo el mundo respeta, o de adolescentes experimentados que saben más que los adultos y que deciden lanzarse al mar saltando desde un muelle porque soportan más de lo que nadie soportará en toda su vida. Me refiero a los supervivientes de guerras nucleares del futuro, de androides, de inmortales, de monstruos arrepentidos, de cazadores de zombies o extraterrestres. De héroes. Qué harta estoy de los héroes.  Ya no me gustan un pelo. Porque no son más héroes que nosotros y nosotros nos creemos que sí. Porque ser un héroe no es aguantar una infección de zombies, sino levantarte todos los días de madrugada con una taza humeante entre las manos sabiendo todo lo que te falta y sobreponerte en cada sorbo de café a las grietas que te recorren el pecho, y vestirte y calzarte y salir con toda tu vida dentro de un bolso a enfrentarte con el día que te espera, día tras día.  Porque ser un héroe no es celebrar la victoria coreado por el resto de héroes, sino quedar un día cualquiera con otras personas incompletas, y reíros de todo. Porque, vamos a dejarlo claro, un héroe no vence. Un héroe sobrevive. Y hay mucha más oscuridad en la vida real, y hay muchos más monstruos disfrazados de personas en la vida real que en cualquier libro. 

La cabeza a pajaros.

En realidad me gusta verme así, delante del espejo con un vestido geométrico y tacones diciéndome a mí misma que al librarme del pelo que me bajaba por la espalda me he deshecho con él de todos los errores que me perseguían, los errores que todos tenemos pegados a la piel y que intentamos cortar para que no se nos enreden delante de los ojos. Me gusta verme así, con la nuca despejada, con la cabeza libre, como una de esas chicas que se miran y se ven tan bien y como se ven bien tú las ves bien. Como esa chica que se quedó dormida en el metro de Nueva York y acabó sentada en la arena de la playa comiéndose un trozo de tarta, con el vestido de noche manchado de arena y sin bolso. Sin tormentos, sin lágrimas, con las pupilas firmes, como esa gente que habla de llorar mientras se ríe, con la cabeza libre, ligera, a pájaros.

El vestido blanco de Ginebra.

Ginebra tenía muchos vestidos, porque desde hacia algunos años había decidido que el vestido era lo más cómodo y bonito para llevar, y siendo así, por qué rebajarse a cualquier otra prenda más incómoda que revelase, al pegarse a ellos, la redondez de sus muslos. Conforme pasaban los años la colección de vestidos  había ido aumentando y evolucionando, ya que en cuanto Ginebra descubrió el negro ya no se volvió a separar de él, y nunca más pudo respirar fuera de los colores oscuros y apagados. Como esos peces que viven en las profundidades abisales del océano, donde ya sobra la luz. 
Sin embargo, aún guardaba un vestido blanco en una esquina de su armario, colgado como una paloma blanca. Era un vestido que ya le quedaba pequeño, ajustado y de manga corta, con un escote circular y flores bordadas. Con ese vestido había llevado el pelo largo, con ese vestido había ido al teatro con Maurice y había estudiado el bachillerato. Con ese vestido se había acostado por primera vez con Arcadio. Con ese vestido había paseado por el centro con Sabina y, una tarde de verano que se preparaba para salir, después de hacerse un moño deshecho y pintarse los labios de un rojo reluciente, se había encontrado más guapa que nunca frente al espejo que tenía a los pies de la cama, iluminada por los rayos suaves del sol. Había permanecido mirando su reflejo resplandeciente y tocándose el hombro durante al menos un minuto, sin creerse lo que estaba viendo. El vestido brillaba, el rojo brillaba y ella brillaba, ella, que siempre se miraba de reojo antes de salir con una mueca de resignación. Luego se había cortado el pelo y se había comprado vestidos negros, y el sol nunca había vuelto a sonreirle de esa manera ni el vestido a quedarle tan bien. Por eso no quería tirarlo, porque en ese vestido demasiado pequeño de tela barata se encontraba la mitad de su pasado deshilachado, las huellas de los dedos de Arcadio, el aroma del té con Sabina y el momento en el que otra Ginebra se le había aparecido bajo los rayos del sol, una Ginebra blanca y resplandeciente, inocente como una margarita.

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Empanada profesional, estúpida en los ratos libres. Lectora omnívora. Pintarrajeadora de Moleskines. Entrenadora Pokémon. Llora-relámpagos. Escribidora adicta al té, al gel de vainilla y a los cuentos de hadas.